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La Avenida Caseros está instalada como uno de los nuevos polos gastronómicos de Buenos Aires. Un par de cuadras con nuevos bares y restaurantes, entre el Parque Lezama y San Telmo, con un entorno edilicio de cierto aire parisino que ya no es tan tranquilo pero ciertamente  ha ganado en sorpresas  y actualización.

Las cuadras son homogéneas en fachadas con calidad arquitectónica de principios de siglo pasado y basamentos con comercios varios, que cada vez van poblando más el lugar.

El número 449 es el de Nápoles, y la única señal de diferenciación son dos soldados de madera escala 1/1 que custodian el estrecho acceso. Al ingresar,  el espacio es engañosamente acotado con algunas mesas y un mostrador al fondo que podrían ser en sí mismos cualquier bar con onda de la zona. Al enfocar la mirada el fondo se pierde y comienzan a sucederse los escenarios, la envolvente se diluye en medio de infinitos objetos, la altura se multiplica en varios niveles de piezas exhibidas con entrepiso superior perimetral que asoma hacia la nave central. Miles de caras pétreas o en madera observan impávidos la invasión de personas que como las piezas allí exhibidas llegan de todo el mundo y no pueden creer la dimensión y calidad espacial y de contenido del lugar.

Es que Gabriel del Campo es un reconocido y referente anticuario, que tiene en su haber múltiples ambientaciones con un sello inconfundible de piezas de calidad de todas las épocas que cuentan historias. Desde su depósito en la Plaza Dorrego en San Telmo a espacios en Foa, su sello de visión y rescate de piezas para insertarlas en ámbitos modernos y hacerlas interactuar es algo ya conocido. Este lugar lo adquirió para sumarlo y albergar sus infinitas colecciones de objets trouvés y cuando ya se vió rodeado de distintas propuestas gastronómicas, sucumbió  a la idea y abrió las puertas de su casa.

No hay un órden establecido pero tiene su coherencia de exhibición, un mix perfecto entre chinoiseries, piezas medievales, autos de colección (incluyendo una Maserati) motos, maquetas de barcos, guerreros mogoles, ropa vintage, muebles midcentury o bauhaus, tallas de madera, arte contemporáneo. Lugar estimulante si los hay, podría apostarse que con cada visita que uno reitere podría encontrar siempre cosas nuevas. Gabriel transita mil veces los casi 2.000m2  supervisando el personal, saludando clientes  y atendiendo preguntas con perfil bajo, aunque todoterreno.

El menú, como indica el nombre hace hincapié en Italia, especialmente en tragos de autor, antipastos o carnes y pizzas (recomendable la variedad de provolone) lo cual lo hace un lugar que además es amable con los precios. Suena música leve, se escuchan exclamaciones en varios idiomas, el lugar se va llenando, la gente deambula señalando detalles, porque es prácticamente imposible quedarse sentado donde lo asignen al menos hasta que llegue la comanda, y los mozos saben que es altamente probable que el comensal se encuentre explorando en el otro extremo del local.

Es difícil imaginar un lugar así en otras partes, pero igualmente en Caseros y de la mano de del Campo tiene el don de parecer bien porteño a pesar de tener objetos de todo el mundo.